En los pueblos rodeados de vegetación se habla de una presencia que cuida el monte. Algunos la respetan como guardián; otros temen la voz con la que confunde a quienes entran sin permiso.
Nuestra versión cuenta que Andrés trabajaba cerca de los límites de Playa del Carmen, donde las últimas calles comenzaban a mezclarse con la selva. Una tarde regresó por un sendero que conocía desde hacía años.
Entonces escuchó a su hermana llamarlo por su nombre.
La voz venía desde los árboles. Andrés estuvo a punto de seguirla, pero recordó que su hermana se encontraba lejos de allí. Cada vez que él se detenía, la voz volvía a escucharse un poco más adentro del monte.
Cuando decidió regresar, encontró a un hombre inmóvil junto a un árbol. Vestía ropa gastada, llevaba un sombrero viejo y sostenía un bastón de madera. No parecía perdido.
—El monte reconoce a quien lo respeta —dijo—. Pero también sabe extraviar a quien entra creyendo que todo le pertenece.
Andrés bajó la mirada. Al levantarla nuevamente, el hombre ya no estaba. La voz tampoco volvió a llamarlo.
El guardián del territorio
En unas versiones, Juan del Monte protege animales, plantas, cuevas y manantiales. En otras, imita voces para alejar o desorientar a los caminantes. Estas diferencias revelan cómo una misma figura cambia cuando viaja de una comunidad a otra.
En la Riviera Maya, quienes han hecho suyo el relato lo sitúan en la selva de Quintana Roo. Más que demostrar que el personaje existe, la historia deja una advertencia que sigue siendo válida: entrar en la naturaleza exige prudencia y respeto.
