Cuentan que dos hermanos crecieron juntos bajo el mismo cielo, aunque sus corazones siguieron caminos opuestos.
Uno era generoso y ayudaba a quien se acercaba. El otro vivía dominado por los celos y respondía con dureza incluso a quienes lo querían.
Con el tiempo, una disputa los enfrentó. Lucharon hasta quedar heridos de muerte en medio de la selva. Los dioses, al contemplar lo ocurrido, decidieron convertirlos en árboles para que su historia permaneciera.
El hermano de corazón oscuro se convirtió en el Chechén. Su savia podía irritar y dejar una dolorosa huella en la piel. El hermano noble se transformó en el Chacá, reconocible por su corteza rojiza y lisa, y quedó creciendo cerca de él.
Así, donde aparecía la herida también podía encontrarse el recuerdo del alivio.
Dos árboles de nuestra región
En la península de Yucatán y la Riviera Maya es común escuchar que el Chacá se encuentra cerca del Chechén. Esa cercanía dio fuerza al relato y convirtió a ambos árboles en símbolos populares de daño y reparación.
La leyenda no debe tomarse como una recomendación para tratar una reacción en la piel. Su valor está en la memoria cultural y en una enseñanza sencilla: incluso después del daño, siempre debemos buscar la manera de aliviar, reparar y aprender.
